Aspectos técnicos en la concepción psicoanalitica de Erich Fromm

 

 

Autor: Jesús Cañal Fuentes

Docta ignorancia Digital, 2012; ISSN 1989-9416. Año III, núm. 3. Psicoanálisis. 

Palabras clave: Erich Fromm, Sigmund  Freud, psicoanálisis, etiología, técnica, neurosis, psicosis, represión, disociación, enajenación, carácter social. 

Keywords: Erich Fromm, Sigmund Freud, psychoanalytical, etiological, technique, neurosis, psychosis, repression, dissociation, alienation, social character.

Resumen: El autor hace un breve recorrido por alguno de los aspectos técnicos y etiológicos en la concepción psicoanalítica del filósofo y psicoanalista Erich Fromm. A pesar de la crítica a su falta  de concreción metodológica -efectuada por algunos autores-, Erich Fromm aporta importantes aspectos técnicos, si bien añaden cierta dificultad práctica por su marcada heterodoxia. Su crítica social y su apuesta por el desarrollo humano de la persona, aspectos éstos inseparables de su concepción psicoanalítica, hacen de Erich Fromm un autor singular dentro del movimiento psicoanalítico.

Abstract: The author makes a brief tour in some of the technical and etiological aspects in the philosopher and psychoanalyst Erich Fromm’s psychoanalytical conception.  Regardless of the criticism of its lack of methodological specificity made by some authors, Erich Fromm bestows important technical aspects, even though it adds certain applying difficulty for his sharp heterodoxy.  His social criticism and its commitment to the human development of the individual, these inseparable aspects of his psychoanalytic conception, make Erich Fromm a unique author within the psychoanalytic movement.

 

TECHNICAL AND ETIOLOGICAL ASPECTS IN THE PSYCHOANALYTICAL CONCEPT OF ERICH FROMM

 

  1. 2. Concepción psicoanalítica y antropológica

 

Existe en toda terapia un aspecto a reseñar para dar cuenta de la etiología y método de una cura, sea cual sea el saber que trate lo mental en el individuo (psiquiatría, psicología, psicoanálisis o psicoterapia). Este aspecto fundamentador lo constituye la visión antropológica. Dependiendo de esta visión, el concepto de enfermedad, salud mental, así como su abordaje práctico, determinará el desarrollo de la cura. Por ejemplo, si entendemos al hombre fundamentalmente como un ser biológico, el concepto de salud o enfermedad estará determinado por la biología, y la cura la constituirá el fármaco. Si entendemos al hombre como un ser destinado a conocerse a sí mismo para desarrollarse plenamente viviendo y actuando coherentemente con su ser, la concepción del hombre y de la cura, así como de la salud y de la enfermedad mental será completamente diferente.

 

En el caso que nos ocupa, es decir el psicoanálisis de Erich Fromm, el hombre no se puede estudiar como un animal puesto que su vida y su acción son específicas. Esto es así porque estando dentro de la naturaleza la transciende en la medida en que es el único animal que tiene conciencia de sí. Por otra parte, el hombre tiene que vivir la vida con las contradicciones de la existencia humana, porque el hombre está relacionado con otros, -con toda la problemática que ello comporta-, puesto que estar relacionado de una u otra manera con el otro constituye, para Fromm, la diferencia entre estar sano y no estar sano, o a la tendencia a nacer, es decir a evolucionar, o a regresar a la muerte. En definitiva, la relación con el otro y el mundo puede tender a la seguridad total del pecho materno o la vida evolutiva y cambiante de desarrollo humano natural, es decir puede primar la necesidad de transcender la vida creando, desarrollando el sentido del yo, su creatividad para ser uno mismo, o, en su caso, transcenderla destruyendo para fantasmáticamente superar la vida. Dentro de esta visión antropológica del hombre define la finalidad de la vida en ese intento de ser uno mismo, es decir experimentarse como centro y sujeto de su propia acción. La enfermedad del hombre se encuentra, dicho de una forma simplificada, en la destructividad del pecho materno, que comporta el regreso a la muerte y en este sentido la neurosis lo constituye el estancamiento vital, la mortificación del hombre.

 

“Empezamos analizando qué es el hombre, cuál es su naturaleza, cuáles son las condiciones específicas de su existencia. Y después tratamos de averiguar cuáles son las necesidades básicas y las pasiones que se derivan de esta condición, de su existencia, y de qué modo puede responder a estas necesidades. Quiero decir que puede darles diferentes respuestas, y éstas son lo que constituye la diferencia entre la salud mental y la enfermedad mental (…) Pues bien, aquí está en realidad la diferencia entre una idea fisiológica, por un lado, que toma el individuo aislado, con sus procesos químicos internos, los cuales crean ciertas tensiones que han de ser reducidas, y relacionándose con otros como instrumentos recíprocos para esta satisfacción; y, por otro, una idea biológica y una idea existencialista. En ésta, no empezamos por un concepto del hombre como una máquina con ciertas tensiones necesitadas de reducción, sino que empezamos por las mismas condiciones de la existencia humana, y por las necesidades que nacen de ella, y por la relación del hombre con otros hombres y con el mundo exterior, como dato primario partiendo del cual podemos comprender y explicar ciertas pasiones, ciertos temores y ciertas necesidades”[1]

 

Desde esta perspectiva antropológica Erich Fromm, al plantearse cuál puede considerarse el fin del psicoanálisis, responde algo directo: conocerse a sí mismo. Esta respuesta influye en toda su concepción psicoanalítica, y por consiguiente introduce la dimensión ética en psicoanálisis y la cuestión de la responsabilidad del sujeto. El conocimiento de uno mismo es necesario para provocar una interacción auténtica con las personas y las cosas. Así, la persona que no se conoce a sí misma ni al otro, o al mundo exterior, está imposibilitada para tomar decisiones acertadas, acordes con uno mismo, y provoca consiguientemente conflictos con los otros y con nosotros mismos. En definitiva, el hombre debe realizar ese camino de conocimiento de sí para decidir verdaderamente sobre su vida. El psicoanálisis es el mejor método para ello.

 

“El psicoanálisis no es sólo una terapéutica, sino también un medio para comprenderse uno mismo, es decir, un medio para la propia liberación, un medio para el arte de vivir, lo que en mi opinión es la función más importante que puede tener el psicoanálisis. El valor principal del psicoanálisis es realmente procurar una transformación espiritual de la personalidad, no el curar síntomas. Y no está mal que cure síntomas mientras no haya métodos mejores y más breves, pero la verdadera importancia histórica del psicoanálisis se halla en la corriente de pensamiento que puede verse también en el budismo, y que aspira al conocimiento de uno mismo, a la “atención”, que representa un papel esencial en la práctica budista, con el fin de alcanzar un estado de ser más elevado, o mejor, que el hombre medio de hoy, y de encontrar más sentido a la vida que el hombre medio. El psicoanálisis pretende que el conocerse a sí mismo lleva a curarse. Sólo que, tal afirmación se hace ya en los Evangelios: “La verdad os hará libres” (San Juan, 8, 32)[2]

 

En este sentido, Fromm critica a Freud toda vez que para éste el objetivo del psicoanálisis lo constituye que el hombre trabaje, procree y goce  de una vida sexual satisfactoria. Para Fromm, en realidad, al ser éstas en el fondo las grandes demandas de esta sociedad, reprocha la falta de sentido crítico del padre del psicoanálisis. Todas estas valoraciones no hacen sino incidir en la concepción freudiana del síntoma y la salud. En este sentido Fromm ve en la concepción de la salud mental de Freud una definición puramente social que, en definitiva, se amolda a las consideraciones estatales, o sea un psicoanálisis el freudiano con falta de sentido crítico tal y como comentábamos antes. 

 

En el mismo orden de cosas, también el síntoma estaría para Freud determinado socialmente. La visión de Freud, según Fromm, acentuaría una puesta en marcha del individuo para que pudiera funcionar de un modo socialmente adecuado. Nótese la crítica feroz de Fromm, si bien Freud también reprendió la sociedad de su tiempo, desde luego no lo hizo en este sentido.

 

En definitiva, Fromm introduce un aspecto social muy importante, que no aparece en Freud, subrayando de esta forma el carácter crítico del psicoanálisis. Así, para Fromm, el síntoma se limita para el Estado a todo aquello que estorba a la función social, es decir a trabajar y procrear. Así, estaría sano quien nada se plantea, es decir quien mejor se adapta a lo que la sociedad propone.

 

Desde esta perspectiva es importante aclarar que la gravedad de un sujeto no depende de que sea psicótico o neurótico. Y esta es a mi modo de ver otra característica primordial de la concepción psicoanalítica de Erich Fromm. Por ejemplo, para Fromm, existe una neurosis grave en nuestro tiempo que no es psicótica. Se trata de aquellos individuos que conforman la sociedad entera actual, que es fuertemente narcisista y resulta muy difícil de tratar. En este sentido es una patología grave porque es una patología de la normalidad, es decir en la sociedad actual es normal esta caracterología narcisista, de tal forma que resulta muy difícil un nuevo desarrollo de la persona, entre otras cosas porque el sujeto narcisista es normal para la sociedad actual y no va a venir a análisis un sujeto así porque no se considera enfermo ni portador de ninguna patología.

 

Vemos también al Fromm más heterodoxo puesto que va más allá de la concepción rígida del psicoanálisis. Nos encontramos con un Fromm cuyas técnicas se encuentran dentro de la espiritualidad entendida como práctica de sí, o en relación directa con el eudaimon griego, como desarrollo o florecimiento humano. Enumeramos brevemente esos métodos o prácticas: cambiar la forma de obrar, crearse intereses, aprender a pensar críticamente, conocerse a sí mismo y hacer consciente lo inconsciente, hacerse consciente del propio cuerpo, concentrarse y meditar, y autoanalizarse. Como vemos estos métodos más allá del psicoanálisis introducen al Fromm más heterodoxo que hace desconfiar a la comunidad analítica que interpreta despectivamente todas estas prácticas en relación con el psicoanálisis, y, en concreto, el último método descrito, es decir el autoanálisis.

 

Para un psicoanalista ortodoxo el autoanálisis es sencillamente imposible porque no se encuentra dentro del dispositivo transferencial con el otro, es decir con el otro como analista. Esto forma parte de la estructura fundamental del psicoanálisis: no hay psicoanálisis sin vínculo transferencial con el analista, y, por ende, no hay interpretación sin otro. Cualquier práctica fuera de esto sencillamente deja de ser psicoanálisis. Fromm no sólo ve posible el autoanálisis, sino que es enteramente necesario para toda persona que se haya analizado. Toda persona que se haya analizado, y si este análisis ha llegado a buen puerto, debe autoanalizarse, en todo caso es sin duda deseable si quiere incrementar la conciencia de sí durante toda su vida. Sí entiende, a su vez, que es casi imposible que alguien que no haya sido analizado previamente pueda autoanalizarse. Esto es debido a que una persona que no se haya analizado no ha debilitado bastante sus residencias fundamentales y, por tanto, a la hora de autoanalizarse habrá cosas que no quiera o no pueda ver de sí mismo. El autoanálisis puede ser la interpretación de los sueños –que por otra parte considera fundamental- o, sencillamente, preguntándose uno a sí mismo, por ejemplo, qué estado anímico se tenía ayer y el porqué de ese estado anímico. Autoanalizándose uno se dará cuenta de los verdaderos objetivos, creencias, valoraciones, contradicciones, etc. que mentalmente se adueñan de nosotros impidiéndonos descubrir dónde estamos, qué queremos, cuáles son nuestros objetivos vitales, o la falta de objetivos, y en definitiva nuestro propio desarrollo humano.

 

Pero, ¿qué lo que para Erich Fromm constituye la principal característica que diferencia el psicoanálisis de cualquier otra terapia, cualquiera que sea la escuela psicoanalítica a la que pertenezca, o cualquier otro método de desarrollo humano o personal? Su respuesta es el inconsciente, lo inconsciente como centro de su teoría y práctica. Por tanto, el psicoanálisis se define como un método que trata de descubrir la realidad inconsciente de una persona. Del mismo modo nos dice que

 

El fin del psicoanálisis es comprender los afectos y pensamientos reprimidos (inconscientes), hacerlos conscientes y comprender sus causas y sus funciones.[3]

 

La finalidad de tal método se encuentra en la posibilidad de la desaparición del síntoma que provoca sufrimiento en el paciente, pero, para el psicoanalista, también es cierto que dicha desaparición no constituye de por sí la cura. Hay un factor más importante todavía que es la mejora general del individuo en relación con su propia vida. Y es justamente en esta última afirmación  donde comienzan las divergencias en la concepción metodológica del psicoanálisis y el acercamiento de Fromm a tesis más humanistas por encima del determinismo ortodoxo freudiano.

 

        1.2.    Consideraciones teóricas

 

Comentaremos brevemente en este apartado algunos términos importantes que Fromm aborda de manera innovadora y específica. Fromm da una vuelta al término represión, no considerándolo únicamente como algo que ha sido consciente y fue reprimido, sino también como algo que nunca hemos sabido, algo que nunca ha estado en nuestra conciencia. Así Fromm prefiere denominar con el término disociación, tanto lo que un día fue consciente y fue reprimido, como lo que nunca fue consciente. Esta aportación frommiana abre un vasto campo que excede propiamente lo patológico y mecanicista-determinista, de tal modo que introduce lo espiritual o el concepto de eudaimon, o desarrollo humano, porque la persona que no es consciente de algo que tiene dentro -y de lo que nunca ha sabido nada- determina la forma de percibir la realidad. A lo que debemos aspirar es a tener un sentido de la realidad que se corresponda con la palabra verdadera.

 

El concepto de lo inconsciente no es algo puramente determinado por el lenguaje sino que es una experiencia. Y esta experiencia la constituyen todas las vivencias y todos aquellos pensamientos que se encuentran disociados. Esto quiere decir que nuestros pensamientos conscientes no disociados son también pensamientos de nuestro cuerpo, de tal forma que si no participa el cuerpo de nuestro pensamiento se trata, para Fromm, de un pensamiento disociado. Si este pensamiento disociado rige nuestra vida nos encontramos con esa experiencia inconsciente que conlleva el empobrecimiento consiguiente del ser humano. Como vemos la experiencia inconsciente va más allá de lo patológico entendido médicamente y se adentra en un concepto de salud mental como plenitud humana o desarrollo humano.

 

Otro aspecto heterodoxo del psicoanálisis de Fromm es el denominado análisis transterapéutico.  A tal efecto nos dice él mismo:

 

“El psicoanálisis no sólo puede emplearse para perder los síntomas y, por decirlo así, para llegar a ser uno tan desgraciado como el término medio: puede emplearse también como un instrumento del desarrollo psíquico del  hombre. Este empleo del psicoanálisis se halla dentro de la tradición humanista, para la que hay una vida buena y una vida mala, para la que hay fines y normas que conducen al vivir bien, es decir, rectamente, y otras normas que llevan a la caída y a la desgracia, y estos juicios valorativos no son simplemente juicios subjetivos, sino que se desprenden de las condiciones de la existencia humana”[4]  

 

Diferencia igualmente la represión individual y la represión social, y le da más importancia a esta última en la medida en que una madre tiene una influencia básica sobre el niño, pero a su vez, la madre al tener una relación directa con la sociedad, culturiza al niño de tal forma que lo disponen caracterológicamente a ser lo que la sociedad espera de ellos, en definitiva determina sus rasgos de carácter. Pag. 106

 

La misión del psicoanálisis, según Fromm, también se puede concebir como el hacer de una persona un hombre desengañado. Si bien esta palabra tiene un carácter negativo, lo cierto es que un hombre desengañado es alguien que ya no se puede dejar engañar. Esto coincide con la labor crítica del psicoanálisis y el afrontamiento de la verdad. 

 

“En lógica, se pregunta uno: ‘¿Por qué soy como soy?’. Es casi lo más preguntado, la fórmula fundamental de la mayoría de las psicoterapias, la de ‘por qué soy como soy’. Pero yo quiero comprender ‘quién soy yo’; no ‘por qué soy como soy’, sino ‘quién soy yo’. Es lo que llamo hacerse una radiografía. Sabiendo por qué soy como soy no sabré quién soy” [5]   

 

Especial importancia adquiere el concepto de enajenación al concebirla como una forma de disociación. La enajenación es una proyección de una experiencia que está dentro de uno en un objeto exterior. Entonces el mundo se sitúa en algo que se encuentra fuera de uno mismo y que impide ser uno mismo. Compara igualmente enajenación e idolatría. La idolatría y la enajenación la refiere indistintamente a una persona, personaje, héroe, burocracia, idea, Estado, etc. El concepto de enajenación en el ámbito propiamente psicoanalítico se refiere a proyectar toda la vida psíquica en la persona del analista de tal forma que se produce una total dependencia y sometimiento hacia la figura del analista. Esto produce una inautenticidad de los actos del sujeto porque actúa como imagina que actúa su ídolo o actúa como el ídolo le hace actuar. Esa idolatría también puede ser de uno mismo y hacer referencia a que uno cree ser una persona buena, brillante, inteligente, etc. y sirve dependientemente a esa estimación pese a la inautenticidad de sus actos adorando su propio falo. Igualmente existe cierta idolatría del pensamiento cuando éste se convierte en el ídolo de la persona, de tal forma que dichas palabras o pensamientos no tienen una relación directa con la experiencia del sujeto.

 

Otra de las características que hacen del psicoanálisis de Fromm estar fuera de la ortodoxia es su implicación terapéutica y su concepción teórica de la utilización del self y del yo. En este sentido, una conciencia enajenada es una percepción del propio ser del sujeto como un ego, ego que lo conforman una serie de encasillamientos y descripciones de uno mismo: yo soy listo, guapo, raro, etc. que determinan nuestra forma de pensar y actuar. Por el contrario el concepto de ser es una experiencia del self, del propio ser como de un “yo” que es sujeto de la acción de un individuo, es decir de ser la experiencia personal de un individuo concreto, como sujeto de las facultades de uno mismo y de la creatividad. Esto se acerca a ciertas formas de espiritualidad en su versión psicoterapéutica como es el caso del zen en tanto olvido o más bien desapego del yo.

 

En relación a la angustia, habla de una angustia primaria o fundamental y otra que es secundaria. La angustia primaria es la angustia de separación. Por el contrario, la angustia secundaria surge cuando queda afectado algún mecanismo de compensación. Es decir cuando por ejemplo un hombre que tiene esa imagen de éxito fracasa, entonces surge esa angustia secundaria pero que en el fondo se trata fundamentalmente de angustia primaria de separación que intentó evitar u ocultar a través de ese mecanismo compensatorio ahora resquebrajado.

 

Frente a los que lo acusan de heterodoxo, lo cierto es que Fromm tiene claro lo que es y no es el psicoanálisis, y que lo que él practica –nos dice- es psicoanálisis. Por ejemplo, para Fromm el psicoanálisis no es una investigación histórica del pasado de una persona. La historia tiene cierta importancia, pero lo verdaderamente capital es lo que ahora está reprimido para el sujeto, lo que siente una persona ahora, el sentimiento oculto que el paciente tiene ahora. Tampoco es el psicoanálisis un estudio de la niñez ni un aprendizaje de ello para adaptarse mejor a la realidad a través de un nuevo método, ni tampoco es un adoctrinamiento para enseñarnos el arte de vivir entendido éste como ciertos consejos de sabiduría para vivir mejor. El psicoanálisis, según Fromm, tiene como finalidad comprender lo inconsciente del paciente. También podemos decir que el fin es comprender al paciente mejor de lo que él se comprende a sí mismo, comprender esa experiencia que existe en él y que no la conoce porque está oculta o apartada de él. Esta comprensión es posible porque todo eso también está en el analista. Esto que llama Fromm comprensión surge en nosotros si somos capaces de experimentar en nosotros mismos como analistas todo lo que el paciente cuenta, sean estas experiencias, sentimientos o fantasías.

 

“El fin del psicoanálisis es comprender lo que hay de disociado en un paciente y ayudarlo a que él lo comprenda. Aparte de esto, ¿cuál es el plan de un análisis? ¿Tenemos un plan? Pero creo que, en este sentido general, podemos hacer algo más, y es seguir una máxima estratégica, la máxima de que es preciso comprometernos, meternos en el asunto, ver al paciente, estar relacionados con él, responder. Después, veremos qué podemos hacer, a dónde vamos, porque no podemos hacer un plan a largo plazo sin haber entrado en situación, y entrar en situación no es sólo escuchar, estas interesado, sino lo que he dicho, ver al paciente, unirse a él; si quieren, comprometerse con él” [6]   

 

Tampoco una investigación histórica de la niñez puede ser denominada psicoanálisis. Esto es así porque descubrir las causas de la neurosis no produce curación alguna. Como vemos Fromm desecha la intelectualización. Esa investigación sólo puede ser válida si a través de la misma puede reconocer sus actuales fuerzas inconscientes que le determinan en conflicto con su consciente.

 

Fromm nos dice que el psicoanálisis ha perdido su espíritu crítico porque al principio la teoría freudiana era una teoría crítica. Ahora la “psicología del yo” y sus derivaciones psicológicas o absorciones psiquiátricas han pretendido hacer universitariamente o políticamente aceptable el psicoanálisis, lo que ha contribuido decisivamente a perder su aspecto revolucionario.

 

“Para mí, el futuro del análisis está en volver a ser una teoría crítica que contribuya a descubrir las represiones, a esclarecer las discordancias y a desenmascarar las ideologías actualmente decisivas en los individuos y en la sociedad, mostrando que el llamado por Freud ‘malestar en la cultura’ en realidad es ya en sí mismo una patología de la sociedad cibernética. Si el psicoanálisis se arriesga a tocar estos conflictos, actualmente esenciales, volverá a ser, en efecto, impopular y será tan combatido como una vez lo fue, cuando era una teoría crítica. Ahí se verá además si va por el buen camino, como toda ciencia creativa y productiva”[7]

 

Fromm se plantea una misma pregunta en cada cura: qué es este hombre o mujer en concreto, qué podría llegar a ser en su plenitud, en su pleno desarrollo personal y humano, y qué hizo apartarlo de este camino. Se debe intentar responder a estas preguntas si bien no siempre se consigue. Pero aquí Fromm apuesta por un psicoanálisis centrado en lo concreto del hombre particular puesto que la neurosis no es general y el psicoanálisis no es un método únicamente para poder trabajar y amar como decía Freud, sino que para Fromm debe aspirar a desarrollar al hombre en su plenitud, lo que es verdaderamente, no alguien que se adapte a la objetividad de lo que tiene que ser un hombre en su época, lo cual es un aspecto freudiano profundamente reaccionario.

 

También el concepto de carácter adquiere especial relevancia en la concepción psicoanalítica de Erich Fromm. El carácter se define por su aspecto dinámico fundamental, no se trata de la conducta sino del ser profundo del hombre que determina su pensamiento y su acción. Por ello la concepción a la que Fromm da mucha importancia es a la caracterología dinámica, entendiendo por esta su sistema de móviles al que se debe el pensamiento y la acción. También es muy relevante para Fromm, y por lo que se aleja de la ortodoxia, el carácter social, es decir el carácter común a toda una sociedad. Con dicho carácter colectivo se modelan a través de la educación, propaganda, medios de comunicación, organismos públicos y gubernamentales lo que un hombre debe pensar y debe hacer. Se trataría del “hombre políticamente correcto”, que es el hombre que, aun estando en realidad viviendo una vida que no corresponde a su personalidad, es considerado “sano” en una sociedad. 

 

         1. 3.      Etiología de las neurosis

 

Fromm, pese a sus tesis más humanistas, confiere especial importancia a los instintos en la etiología de las neurosis, que concibe como la respuesta quebradiza del yo ante la acometida de dichos instintos. Sin apartarse en este sentido de la perspectiva freudiana, sí especifica su posición. A tal efecto Fromm diferencia claramente entre la necrofilia y la biofilia. Las pasiones irracionales, arcaicas o regresivas se definen por su “(…) intensa destructividad, la intensa fijación a la madre y el narcisismo extremado” [8]    

 

Esta fijación extrema también la denomina Fromm “simbiótica”, que corresponde a lo que Freud califica como fijación pregenital a la madre. Se trata, en palabras del propio Fromm, de “esa profunda fijación que en realidad tiene como objetivo el regresar al seno materno o incluso regresar a la muerte” [9]    

 

Aquí adquiere especial importancia su factor de destructividad. Son pasiones que no son meras autopuniciones instintivas, sino que se trata de algo mucho más radical, algo que Fromm define como “necrofilia” y que es causa de patologías muy graves, toda vez que son difíciles de elaborar en análisis.

 

La otra pasión instintiva importante es, justamente, la contraria, que Fromm denomina “biofilia”, aquella pasión que nos introduce de lleno en la vida, y que es capaz de que continuemos adelante a pesar de todos los reveses existenciales. También lo compone toda fuerza que nos ayuda a crear, a ser creativos, porque esa pasión nos amarra a la vida. En este punto conviene aclarar que para Fromm dichas pasiones de destructividad que llama necrofilia, y la de amarre a la vida que llama biofilia, forman parte de la personalidad entera, y no constituyen únicamente el yo. Son, pues, dos clases de pasiones y no funciones del yo. Es decir, dichas pasiones constituyen la personalidad entera. Y subraya lo siguiente:“lo principal no es la lucha del yo contra las pasiones, sino la lucha de unas pasiones contra otras” [10] 

 

Igualmente clasifica las neurosis, por encima de categorizaciones diversas, en dos grandes grupos: neurosis benignas o leves, y neurosis graves o malignas. Las neurosis benignas o menos graves son paradójicamente las que constituyen traumas más graves. Es decir, un trauma más grave tiene más posibilidades de curación porque no se encuentra gravemente alterado el núcleo de la personalidad y el carácter del sujeto. Una persona que ha sufrido un trauma grave que no ha dañado gravemente su estructura de carácter ni ha tenido un desencadenamiento psicótico, tiene más posibilidades de curar porque la resistencia del sujeto es más fácil de superar. Conviene aquí aclarar que trauma para Fromm es más bien el resultado de un cúmulo de experiencias vitales claramente extraordinarias que desembocan en el mismo, mientras que para Freud el trauma tiene carácter fundamentalmente sexual.

 

Por el contrario, en las neurosis graves o malignas el núcleo de la estructura del carácter está gravemente dañado. Se da en personas de extrema necrofilia, narcisismo o fijación a la madre. En estos casos la finalidad de un psicoanálisis estaría en la difícil posibilidad de disminuir el narcisismo, su necrofilia o fijación al seno materno, o, en definitiva desarrollar más su biofilia. Pero la característica de estos pacientes y su extrema dificultad la constituye su resistencia extrema al cambio.

 

El tratamiento de la neurosis grave consistiría en que el individuo aceptara la parte irracional o arcaica de su personalidad con su parte adulta racional, y que esa aceptación sea abrupta de forma que provoque un enfrentamiento entre ambas partes porque sólo de este desafío puede surgir la energía necesaria para conseguir un equilibrio mejor con el mundo:“lo esencial de la curación psicoanalítica está en el mismo choque provocado por el enfrentamiento entre lo irracional y lo racional de la personalidad” [11]

En contra de lo que pudiera parecer, para Fromm la neurosis no está únicamente determinada por los traumas y las circunstancias ambientales, sino que los factores constitucionales son muy importantes. Son los factores constitucionales de un individuo lo que hace que un factor traumático y ambiental determinado tenga más importancia, de tal forma que le haga propiamente enfermar. Si para Freud los factores constitucionales son factores instintivos según la teoría de la libido, para Fromm los factores constitucionales son de más largo alcance y lo conforman también factores como la vitalidad, el amor a la vida, la valentía, etc. De esta forma, el hombre es determinado en parte por factores biológicos, lo cual no quiere decir que vea Fromm al hombre como un ser biológico, pero tampoco su concepción antropológica es radicalmente antibiologicista como algunos tratan de ver. Los factores constitucionales favorables lo constituyen los ya nombrados: vitalidad, amor a la vida, es decir las tendencias de lo que llama biofilia. Y los factores constitucionales desfavorables, etiológicos de una neurosis grave, son el narcisismo y la fijación incestuosa, que constituyen tendencias necrofílicas con diferente nivel de gravedad.

 

Desde una perspectiva freudiana lo que sucede en la cura puede explicarse por la teoría del trauma. Es decir, hubo un suceso traumático en la primera infancia, que se reprimió y sigue actuando debido a la compulsión de repetición. Fromm duda de esta teoría. No hay tantos traumas que expliquen el desarrollo posterior de una neurosis. El trauma es una experiencia excepcional en la vida de un sujeto, no es algo común a toda neurosis. Así, para Fromm, lo que influye generalmente es el ambiente continuo y no un trauma determinado de gran importancia en la vida psíquica del sujeto. Tampoco tiene importancia a qué edad ocurre el trauma. En cualquier edad se puede sufrir un trauma. No es necesario que el trauma ocurra en la infancia.

 

De la misma forma, Fromm critica el excesivo mecanicismo freudiano. Está de acuerdo en que lo que sucede a un niño en los cinco primeros años de su vida es muy importante, pero no lo es todo. Las personas tienen más vivencias a partir de la infancia. Los primeros años no nos determinan sino que inclinan nuestro comportamiento.

 

En efecto, aun cuando en la práctica los psicoanalistas más ortodoxos sean freudianos, en realidad son ambientalistas, es decir es el influjo del medio ambiente, o sea la familia, lo que determina la vida psíquica del individuo, y no lo que Freud llama factores constitucionales, es decir hereditarios (pag. 63). Lo cierto es que la teoría freudiana es en realidad instintivista, todo se basa en el instinto, si bien el medio influye en los instintos según el carácter. Freud dijo que factores constituciones y ambientales forman una continuidad, pero a la vez considera que todo es consecuencia del medio ambiente, es decir que los padres son responsables de la vida psíquica del sujeto, esto incluso para los analistas más ortodoxos.

 

Por otro lado, según Freud, el origen de una orientación determinada del carácter –oral-receptivo, oral-sádico, o anal-  se debe a la fijación de la libido a una de las zonas erógenas. En otras palabras, según el curso que tome su desarrollo, la libido se fija a cierta zona erógena, y el rasgo de carácter es una sublimación de este deseo libidinoso o una formación reactiva en contra. Para Fromm estas afirmaciones, sin ser falsas, sí son secundarias puesto que es más importante el carácter de la sociedad y de la cultura. El carácter no deriva de la evolución de la libido sino del carácter de los padres y de lo que Fromm llama carácter social. Si bien Freud se ocupa también de la cultura, pero solo de forma general, para Fromm el carácter que forman las estructuras sociales constituye, junto con el carácter de los padres, lo fundamental en la vida psíquica.

 

El carácter que forman estas estructuras sociales es para mí el esencial principio genético de los tipos, no la evolución de la libido según ciertos hechos o sucesos en relación con las zonas erógenas.[12]  

 

Se comprueba, por tanto, en el estudio frommiano de la persona una perspectiva de claro dominio sociológico. En este sentido Fromm critica la visión freudiana de sociedad, que era concebida en función del grado de represión, cuando la sociedad debe ser definida según la diferencia de estructuras que la comportan. Y el individuo debe, para ajustarse a la “normalidad”, desempeñar ciertos papeles que se ajusten a dicha estructura. Una sociedad dada produce unos rasgos de carácter determinados que son utilizados para ajustar al individuo a la “normalidad” en “provecho” de la propia sociedad y su consolidación. Así, los rasgos de carácter se adecúan a la necesidad de una sociedad determinada. En este sentido la conducta de un individuo y su carácter ha de ser adecuado para la supervivencia de una sociedad determinada.  Poco importa las necesidades existenciales y las crisis de los individuos, poco se ocupa la sociedad de desarrollar las potencialidades de las personas, sino que la neurosis o psicosis se define de fondo como un problema de salud mental al no adecuarse el individuo a la sociedad, siendo necesario para la sociedad que el individuo se comporte y responda a los rasgos de carácter comunes a la sociedad.

 

“La neurosis puede definirse, y la psicosis también, como la incapacidad de nacer pasado cierto momento. A propósito: lo que llamamos neurosis y psicosis creo que en gran medida está determinado culturalmente. Es decir, llamamos normal al que está tan loco como el término medio, o al que ha nacido tan poco, o está tan poco desarrollado como el término medio” [13]

  

En relación a la angustia también Fromm se hace heterodoxo y relaciona dicho concepto con el carácter social. Un individuo con su patología, su incapacidad de desarrollarse, de ser productivo unido a un grupo o a una sociedad patologizada no tendrá una neurosis manifiesta. Es un individuo que nada se plantea. Ahora bien, un individuo que es crítico, productivo y quiere desarrollarse plenamente, al sentirse aislado, no realizado, ha de surgir la angustia y los síntomas neuróticos, que no son sino una inadaptación de la persona a una sociedad en realidad enferma.

 

Para Fromm, en su lectura de Freud, la enfermedad es provocada por un conflicto entre el pensar y el ser. Esto quiere decir que uno puede pensar cualquier cosa pero puede estar en conflicto con lo que la persona verdaderamente es y piensa. Lo que denomina Fromm “ser” aquí lo constituye la realidad interior que determina la acción verdadera del individuo. Si este ser se contrapone con el pensar del sujeto, en una dirección contraria a su verdadero ser, se produce el conflicto. O sea, un hombre sano es aquel que es sincero consigo mismo, es decir, cuando cree en lo que piensa, dice y actúa, con lo que una persona es verdaderamente. El descubrimiento de Freud, según Fromm, es ver la diferencia entre el pensar y el ser. Este pensar y ser era idéntico en el idealismo filosófico por lo que para Fromm el psicoanálisis, aparte de ser un método de curación de las neurosis, es una teoría crítica de la conciencia, de la ideología y del pensamiento individual y social.

 

 1. 4.            Técnica psicoanalítica

 

A lo largo de una cura, Fromm considera esencial movilizar las energías latentes de una persona, es decir movilizar las energías inconscientes. A partir de ahí no se trata tanto de realizar una decisión fundamental para motivar un cambio, sino experimentar primero qué sucede si refreno una conducta, la limito, etc. y también cuál es mi vivencia a partir de esa nueva experimentación, es decir qué ocurre en mí y en los otros si cambio. Generalmente este cambio en el modo de pensar o actuar puede provocar angustia, lo que nos hace ver que dicha conducta o pensamiento habitual y enfermizo es en realidad una protección contra la angustia. Es decir, la angustia aparece cuando el síntoma se frustra. Esta modificación mental y cambio del obrar es fundamental para seguir progresando en el análisis. No se trata, para Fromm, de un cambio de conducta o modificación del pensamiento al modo cognitivo-conductual, pues la misión del análisis es seguir progresando en una vivencia continua que nos acerque a una verdad no tanto racional sino vivencial, y la terapia cognitivo-conductual no va más allá de un procedimiento de exposición o consignas mentales para la desaparición de un síntoma, con el retorno del mismo más pronto que tarde.

 

En ‘técnica psicoanalítica’, importa mucho que el analista, por decirlo así, marche constantemente por dos vías: se ofrezca como objeto de transferencia y la analice y se ofrezca también como persona real, respondiendo como persona real”[14]

 

Para Fromm, igualmente para Freud, la interpretación de los sueños constituye  el medio más importante de la técnica psicoanalítica. No está con Jung, puesto que para éste el sueño es una comunicación directa, es decir no desfigurada, con lo que rechaza de pleno toda la elaboración onírica de la Traumdeutung. En este sentido, para Jung los símbolos tienen un significado preciso independientemente de la subjetividad del paciente. No vamos a entrar en las desviaciones analíticas de Jung, aun cuando es cierto que existen símbolos universales, pues constituye un error la generalización o la universalización simbólica. A tal efecto nos dice Fromm que la utilización del sueño en análisis depende del momento de la receptividad del analizando, o de su tiempo en análisis, y de si puede llegar a comprender, a aceptar, la interpretación.

 

‘Técnica’ quiere decir aplicación de las reglas de un arte a su objeto. Pero el significado de esta palabra ha cambiado, para referirse a las reglas relativas a lo mecánico, a lo que no está vivo, mientras que la palabra adecuada para aludir a lo vivo es ‘arte’. Por este motivo, el concepto de ‘técnica’ psicoanalítica es defectuoso, porque parece aludir a uno objeto no viviente y, por tanto, no sería aplicable al hombre. Pisaremos terreno firme entendiendo el psicoanálisis como la comprensión de la mente humana, en especial, de su inconsciente. Es un arte, como la comprensión de la poesía, y, como todo arte, tiene sus propias reglas y normas”[15].

 

Para establecer una verdadera relación analítica con el paciente se debe evitar la intelectualización. Muchos pacientes de un nivel cultural alto interpretan de forma intelectual cualquier acontecimiento fuera y dentro del análisis, lo que no es sino una resistencia que impide el desarrollo de la práctica psicoanalítica y el encuentro con la verdad del propio sujeto, es decir con el  encuentro con su personalidad real. Fromm nos dice que la misión del psicoanálisis es hacer que el paciente sienta algo, no que piense más e intelectualice sus problemas para acentuar la resistencia con la consiguiente huída su verdadero self.

 

No considera Fromm el psicoanálisis como una investigación histórica porque hay algunos acontecimientos que han resultado muy importantes para el paciente aun cuando biográficamente o históricamente no tengan una importancia objetiva vital. No se trata de hacer una investigación histórica sino de revivir y comprender lo que el paciente experimentó o sintió para darse cuenta lo que le sucede ahora al paciente. Es decir el psicoanálisis no debe aportar una explicación histórica la paciente, explicación que sólo sería un mero tratamiento intelectual.

 

Quizá no sea fácil de comprender, pero hay una diferencia entre experimentar en mí algo que fue reprimido y surge de repente, llega de pronto a la conciencia, y hacer esas interpretaciones históricas de por qué sucedió esto y aquello. Y como es tan raro descubrir esas experiencias primitivas que se recuerden en sentido verdadero, se contentan con una interpretación: tuvo que suceder eso, quizá sucedió y, como sucedió, usted es esto y aquello. Pues no sirve de nada este modo de interpretación (…) La experiencia infantil sólo tiene importancia en tanto se reviva en el recuerdo (…) Lo que importa, como digo, no es hacer historia, sino una “radiografía”. Es decir, queremos conocer qué energías me impulsan, o me mueven, a mí o a otro, en el mismo momento (…) En consecuencia, si uno quiere comprender algo por el psicoanálisis lo que siempre importa ante todo es preguntar qué sucede ahora inconscientemente, qué se puede conjeturar, cuáles puedo sentir que son los móviles inconscientes que me empujan, no averiguar qué sucedió una vez para explicar lo que sucede ahora” [16]

 

A colación de la intelectualización y del decir la verdad al paciente, se ha de romper la resistencia, es decir que el paciente no pueda rehuir la experiencia analítica a través de la conceptualización, las medias verdades, la cortesía o la comodidad.

 

Para Erich Fromm en el psicoanalista debe haber una falta total de impostura y engaño. De la misma manera, y a colación de lo anterior,  no debe haber salida para el paciente fuera a su verdad inconsciente, su vida se juega en sesión, y ésta debe ser la realidad. El analista debe alejarse de posiciones sensibleras con el paciente, puesto que no se cura a un enfermo siendo amable con él. Se trata de que el cliente llegue a conocer su verdad inconsciente y experimentarla, sentirla, fuera de todo semblante amable. Así mismo en el propio acto analítico, el analista experimentará como propio lo que, a su vez, el paciente siente y experimenta. Tan capital resulta esta apreciación que si el analista no es capaz de ver en sí mismo como real lo que el paciente experimenta no habrá curación. Esta experimentación de la realidad inconsciente experimentada por el cliente constituye, para Fromm, la verdadera empatía. Se trata, en definitiva, de enfrentar al paciente con la realidad, de otra forma no estaríamos hablando de psicoanálisis:

 

“ver en el paciente un drama humano o, para el caso, en cualquier persona por la que nos interesemos, no sólo en la que venga con este o aquel síntoma” [17]

 

Igualmente Fromm considera el analista debe decir la verdad con toda la claridad posible al paciente dependiendo del momento, modo y manera particular de una cura  para que la persona pueda verse a sí mismo. Este descubrimiento de lo disociado para el analizando, de lo propiamente inconsciente para él constituye una experiencia vital que tiende a la salud del sujeto. Cuando hay una relación esencial en análisis, lo que diga el analista tiene una repercusión total en la personalidad del paciente. Por eso el analista debe decir lo que ve en él sin excusas ni cortesías para que no pueda escaparse de su verdadero discurso vía resistencias. El analista, por tanto, debe decir la verdad al sujeto sin crudeza y en el momento justo para que cree su efecto, pero a la vez sin medias tintas. Si esto no sucede a lo largo de un psicoanálisis se trataría de cualquier otra terapia o técnica, pero nunca de psicoanálisis. Así, Fromm, hablando de los psicoanalistas dice:

 

Me parece muy peligroso querer hacernos la vida tan cómoda. Sin arriesgarnos a expresar un juicio que vaya contra el sentido común, contra lo convencional, y que creamos que podría disgustar al paciente” [18]   

 

El analista debe ser un observador participante. No debe ser alguien sentado detrás del paciente esperando a que ocurra algo, como sucede en el análisis ortodoxo. El analista debe participar activamente, lo cual no quiere decir que debe interrumpir o guiar al paciente por el camino que decida aquél. Solo se puede ser un observador participante si se siente, es decir si se es capaz de experimentar lo que el paciente está experimentando o sintiendo, experimentar lo irracional o reprimido del paciente. Esto es algo a lo que Fromm alude constantemente en la experiencia del analista en la cura. Y esta condición la define Fromm como humanista. Como vemos, hay aquí otro aspecto novedoso y muy heterodoxo que aporta el psicoanálisis de Fromm. Para colocarse en el lugar del paciente, para sentir lo que el paciente experimenta, el analista debe, no tanto hacer de analista ideal o haberse analizado hasta el final, sino haber abandonado sus principales resistencias porque “lo que el paciente diga tiene que movilizar fácilmente en el analista lo que éste vive, sin que a toda costa deba ser del todo consciente. Así, el analista, si él quiere es analizado también por el paciente, de modo que el curador es curado por el paciente” [19]

 

Las reglas y normas que propone Fromm son entre otras: que el psicoanalista se concentre por completo en la escucha, que se encuentre libre de miedos y que posea imaginación espontánea. Asimismo debe tener suficiente capacidad de empatía para sentir como propia la vivencia del otro, y, además, esta empatía debe tener como condición una gran capacidad de amar porque comprender en lo fundamental al otro significa amarlo, pero no ser amable o cortés ni hablar de trivialidades, sino una práctica orientada a la verdad. El lenguaje del analista debe ser directo, sin mentiras piadosas, puesto que la regla fundamental es que el paciente hable de todo lo que pueda y cuando no pueda hablar de algo lo diga. Debe dejarse muy claro que el paciente no tiene obligación moral de ningún tipo, ni siquiera la de decir la verdad, pero si miente el psicoanalista debe hacérselo notar.

 

La persona no es un objeto. Por esto dice Fromm que al curar al paciente también nos curamos a nosotros mismos un poco si hemos pasado por el diván. Para poder comprender tiene que haber una relación esencial. Fromm nos dice que no puede expresar con palabras este concepto de relación esencial porque o bien se experimenta con el paciente o sencillamente no se experimenta. Igual sucede cuando nos damos cuenta de que hay una diferencia entre experimentar el yo como un ego, es decir como un objeto, y la experiencia del yo como la de un sujeto activo de sus facultades. Así, el olvido de sí, es decir del ego, surge cuando aparece el verdadero yo o self. La relación esencial no es una relación superficial. Supone estar verdaderamente interesados por el otro y que el sujeto note que algo primordial de su ser se está jugando. Compartir lo que el otro siente surge en el momento en el cual se puede decir “ese eres tú”, y se puede decir de forma natural sin prejuicios ni condiciones externas. Entonces el otro también puede decir “eres tú”.  Esto es lo fundamental, lo que Fromm metaforiza con un tocar las cuerdas uno del otro. Eso significa que hay una relación esencial, que hay comprensión, y que no se puede asegurar ninguna curación sino una escucha real. Esto significa que el analista no debe estar relacionado con el paciente como se está por un objeto científico. Se debe escuchar al paciente en su dimensión humana, es decir buscar la comprensión del paciente en su totalidad porque“debemos comprender la existencia de cada persona como un drama en el que da su buena o mala solución particular al problema de la vida. Y hemos de comprender la solución total que le da. Esta solución total puede ser la regresión completa al seno materno, puede ser la de permanecer en el pecho materno, puede ser la obediencia a los mandatos del padre y puede ser el pleno desarrollo de sus facultades. También hay variaciones de estas soluciones. Pero se trata siempre de una solución total ordenada. Por eso digo que debemos considerar al paciente como el protagonista de un drama de Shakespeare. Porque la solución que un hombre da al problema de la vida no toma un poco de aquí y un poquito de allá. Es una totalidad, es siempre una estructura. Y sólo podemos comprender a ese hombre comprendiendo la estructura total de la solución que da a la existencia, el cómo trata de seguir siendo cuerdo, si quieren; el cómo trata, y ha tratado, de resolver el problema de su relación con el mundo” [20]

 

Un aspecto importante en la técnica frommiana lo constituye la apreciación de que no se debe infantilizar forzadamente al paciente, como propone el freudismo ortodoxo. Para Fromm el paciente no es un niño. Al contrario, el paciente ha de ser un adulto responsable que ha de hacer frente al niño que es inconsciente. Esta confrontación, este choque entre el adulto responsable y el niño que es inconsciente debe ser el centro de la técnica psicoanalítica, y todo analista que se precie debe provocar ese choque para producir un efecto en el sujeto. La curación lo constituiría tanto ese enfrentamiento,  como también el conocimiento del conflicto de alguien responsable frente a lo irracional de su personalidad, pero no como un acto analítico intelectual comprensivo de una interpretación razonada, sino en la experiencia, es decir en la propia vivencia de un sujeto ante la paradoja de ser a la vez una persona responsable y un niño con sus fijaciones y fantasías. A tal efecto, Fromm critica el encuadre del psicoanalista sentado detrás del paciente porque ello no ayuda a ese choque, a ese enfrentamiento con lo irracional o arcaico de su personalidad, sino que acaba identificándose con su inconsciente haciendo de su sesión de análisis un largo sueño. En este sentido la técnica que dirige la curación es radical en Fromm: todo lo que no sea provocar ese conflicto, que el sujeto encare el choque entre la parte irracional arcaica de su personalidad con su parte adulta y normal es erróneo y baladí. Ese enfrentamiento experiencial, y no intelectual, es la esencia de lo que Fromm denomina psicoanálisis y lo que lo diferencia de cualquier tipo de psicoterapia.

 

“Spinoza dijo que, en sí mismo, el conocimiento de la verdad no hace cambiar nada, a menos que sea también un conocimiento afectivo (…) En primer lugar, saber lo que se ha reprimido significa vivirlo de veras en el momento, no sólo en el pensamiento, sino sintiéndolo, sintiéndolo plenamente. Lo cual produce ya un efecto de mucho alivio. Si uno no recibe una explicación, sino que siente de veras algo, puede sentir en el momento: `estoy deprimido´, y puede avanzar a la fase siguiente, de: `Como realmente estoy furioso, castigo a mi mujer con mi depresión´. El sentirlo de veras fomenta la idea de hacer algo por eliminar la depresión´. Por otra parte, se puede estar tan enfermo, o la depresión puede ser tan grave, que tampoco esto sirva de ayuda” [21]

 

En la medida en que, como fin del psicoanálisis, se ha de buscar esta confrontación entre el niño y la persona responsable, el psicoanalista no ha de librar del sufrimiento al paciente. Al contrario, el paciente debe sentirse desgraciado como estado necesario previo a la curación. Para Fromm no se trata de aliviar el sufrimiento, el sufrimiento es necesario para que el paciente tome consciencia de que necesita un cambio, y una persona que vive sin más, sin sufrir ni ser feliz, no buscaría su propio desarrollo como hombre o mujer. Se trata de sentir, de darse cuenta de este padecimiento. Igualmente en el desarrollo de las sesiones el analista debe buscar la posibilidad de que el paciente tenga una idea de qué quiere en la vida, cómo desea vivir su vida y cuál quiere que sea su vida, y, por ende la determinación del paciente para salir adelante, todo ello a través de un trabajo serio analítico en cada sesión. Y lo que supone una novedad, poco ortodoxa para algunos pero igualmente rica: el analista debe buscar que el paciente distinga entre la trivialidad y la realidad, es decir tener abierta permanentemente la capacidad crítica de la sociedad y de uno mismo.

 

       1. 5.     Conclusión

 

La crítica común que se ha venido realizando al psicoanálisis de Erich Fromm la constituye aquella que señala su defecto fundamental, a saber: la falta de concreción sobre la técnica psicoanalítica. En efecto, si bien es cierto que a lo largo de su obra Fromm señala importantes factores al respecto, no son sino grandes pinceladas que dejan incompleta la labor técnica de la cura. Pero en realidad no debe extrañarnos en demasía. No es ni el primero ni el último de los grandes psicoanalistas que rechazan hablar de una técnica común para toda cura, puesto que si algo caracteriza al psicoanálisis es la irreductibilidad del acto analítico. Es decir un analista y un paciente distinto para cada cura, lo cual impide, si somos coherentes, cualquier técnica rígida y depurada. Es más, una técnica así sería contraria al psicoanálisis mismo.

 

Igualmente no hay en Fromm un desarrollo preciso del psicoanálisis humanista. Pero también señalamos a su favor que el propio Fromm rechaza dicha denominación cuando es utilizada como una cristalización ideológica o rígida de la concepción del hombre. Y este humanismo en su fundamentación es el efecto de rechazar la teoría determinista freudiana: el hombre no es una máquina, es decir un mero objeto de investigación empírica.

 

También destaca en la visión psicoanalítica de Erich Fromm esa capacidad de transformación interior más allá del determinismo de la clínica. Le preocupa lo humano y que el hombre a través del psicoanálisis pueda encontrar su verdadero ser, lo que es en sí mismo, desarrollarse plenamente como hombre. Esta concepción, pese a encontrarse para muchos en la heterodoxia, resulta legítima independientemente de las críticas y las tendencias psicoanalíticas y psicoterapéuticas dominantes.

 

Por otro lado resulta complejo relacionar sus tendencias éticas y espirituales con el psicoanálisis. Pero lo que resulta novedoso es que Fromm apela a la ética como fundamento del psicoanálisis. E igualmente desde este punto de vista acentúa el poder del psicoanálisis como una herramienta decisiva para el desarrollo humano.

 

En efecto, el acontecimiento inaugural lo constituye la fundamentación ética del psicoanálisis, si se contempla como experiencia transformadora del sí mismo, del desarrollo personal, y no tanto como una clínica sometida a los entresijos ideológicos o ejercicios de poder de una psiquiatría o psicología cercenadora de lo humano. La importancia de Fromm radica justamente en aquello más heterodoxo de su psicoanálisis, es decir en la capacidad que dicha terapia tiene como experiencia transformadora al modo griego o socrático añadiendo como lugar central el concepto teórico y práctico de inconsciente. En este momento histórico, resulta “inadecuado” concebir el psicoanálisis como una terapia del desarrollo humano o como poder curativo para el alma en relación a la perspectiva filosófica socrática o griega clásica,  si bien la filosofía no incluye lo inconsciente. La concepción original de la psiché griega excede con mucho la pretendida cientificidad de lo mental, de lo psíquico. En este sentido como Sócrates criticara la sociedad de su tiempo, aquella que no cuida de sí mismo (epimeleia), de igual modo Fromm considera que hay una enfermedad social al situarse el individuo de espaldas a la verdad y a la posibilidad transformadora de lo humano al margen de la neurosis concebida como efecto de un mero determinismo clínico.

 

No obstante Fromm renuncia en un momento de su obra a calificarse de humanista por la limitación y la distorsión que pueda hacerse de su teoría. En este sentido también es crítico con las etiquetas, y continuamente está pendiente de los vaivenes del poder instrumentalizador y discursivo. No olvidemos que también Heidegger critica lo que subyace bajo el término humanista porque precisamente olvida lo verdaderamente humano.

 

El futuro del psicoanálisis, más aún desde un punto de vista frommiano, se presenta lleno de dificultades, pues el discurso de la ciencia se dirige en sentido contrario. Así, las modalidades terapéuticas contemporáneas, -por paradójico que pudiera parecer-, no aceptan de ningún modo una psicoterapia no positivista. Otras escuelas psicoanalíticas, como la lacaniana, critican también tanto el positivismo como la determinación fisiológica, biológica o neurológica, pero la sustituyen por la determinación significante, es decir por la causalidad psíquica-significante, por lo que en último sentido continúan siendo deterministas a pesar de rechazar el positivismo. Dicha perspectiva en Freud responde a una concepción psíquica energética y económica del aparato psíquico. Más allá de la determinación fisiológica o neurológica aceptada por el propio Freud, Fromm acentúa la perspectiva sociológica de la psiqué, es decir señala la importancia de la sociedad en la constitución de la caracterología del sujeto. Así, desde Fromm, no es únicamente importante la determinación de la neurosis infantil, sino también la determinación de lo mental por la sociedad. En último sentido se trataría de una confrontación entre el humanismo de Fromm en el que incluye la importancia de los valores, de la crítica y de la ética como fundamentación del sujeto en relación a lo mental, frente a la univocidad del determinismo del aparato psíquico como flujo de fuerzas energéticas o neurológicas.

 

        Jesús Cañal Fuentes

             Psicoanalista

Miembro de la Federación Internacional 

        de Sociedades Psicoanalíticas


 

[1] Fromm, Erich. Espíritu y Sociedad, 1996. Ed. Paidós. Pág. 97.

[2] Fromm, Erich. El arte de escuchar, 1993. Ed. Paidós. Pag. 48-49)

[3] Ibídem, pág. 201

[4] Espíritu y sociedad, op.cit, pág 185-186

[5] El arte de escuchar, op. cit. Pág. 65

[6] El arte de escuchar, op. cit., pág. 140-141

[7] Espíritu y sociedad, op.cit., pág. 187

[8] El arte de escuchar, op.cit., pág 24

[9] Ídem.

[10]  El arte de escuchar, op. cit., pág. 26

[11] Ibd, pág. 33

[12] El arte de escuchar, op. cit., pág. 86

[13] Espíritu y sociedad, op. cit., pág. 95-96

[14] El arte de escuchar, op. cit., pág. 125

[15] Ibd., pág. 200

[16] El arte de escuchar, op. cit., pág. 61-61

[17] Ibd. pág 44

[18] Espíritu y sociedad, op. cit., pág. 151

[19] Espíritu y sociedad, op. cit., pág. 184

[20] Espíritu y sociedad, op. cit., pág. 137

[21] Ibd., pág. 103